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Chichimilá: el feudo donde el PRI aún manda como en los viejos tiempos

Chichimilá: el feudo donde el PRI aún manda como en los viejos tiempos

En el escenario político de Chichimilá, la historia no camina: se arrastra con el peso de los mismos apellidos y la misma rutina de poder.

Francisco “Franky” Medina Martín, priista de cepa, ha convertido la presidencia municipal en una silla giratoria que siempre vuelve a ocupar. Tres mandatos no le bastaron; hoy, en un cuarto, regresa con la naturalidad de quien hereda una finca, no con la responsabilidad de quien asume un cargo público.

El nepotismo es la marca registrada de su administración: su hermano en la tesorería, familiares incrustados en nómina y un aparato burocrático convertido en feudo personal. La política, en lugar de servicio, se transfigura en herencia; el presupuesto, en botín; y el pueblo, en espectador cansado de un teatro de sombras. No es novedad, ni tampoco sorpresa. Pero es, sin duda, motivo de indignación.

El erario se convierte en bolsa privada mientras la modernidad pasa de largo. Los caminos polvorientos, las necesidades comunitarias, las aspiraciones legítimas de sus habitantes, siguen subordinadas al capricho de los mismos que llevan décadas girando la llave del poder local.

El sistema político, que debería renovarse, muestra aquí su rostro más antiguo y mohíno. Como piedra cubierta de moho, resiste el paso del tiempo refugiado en pactos invisibles y alianzas de conveniencia. Las siglas partidistas no son sino escudos de protección para un modelo de cacicazgo que se niega a morir.

Y mientras tanto, la población asiste a la repetición del mismo drama: promesas huecas, nóminas familiares, instituciones reducidas a oficinas privadas. La democracia se vuelve simulacro cuando los nombres de siempre ocupan las boletas y los resultados se escriben de antemano.

La pregunta que se impone, con la crudeza de la evidencia, es inevitable: ¿hasta cuándo Chichimilá seguirá siendo rehén de los mismos apellidos, las mismas prácticas y el mismo cansancio político? La respuesta, quizás, no dependa de las urnas, sino de la capacidad de la sociedad para romper con el hechizo de un poder que, como eco cansino, insiste en repetirse.