Ivonne Ortega y el espejismo naranja en Mérida
Mérida, ciudad que se presume moderna y culta, también ha sido laboratorio de partidos que juegan a parecer lo que no son.
Movimiento Ciudadano, ese proyecto que en Jalisco y Nuevo León presume frescura y juventud, aquí no pasa de ser un cascarón bien pintado: un club de reciclados políticos que se venden como “nuevos ciudadanos”, cuando en realidad son viejos conocidos con camisa de distinto color.
En la capital yucateca, el partido naranja nació como satélite. Primero fue bastón del PRI, luego comodín del PAN, y después pretendió reinventarse como alternativa independiente. El resultado ha sido una colección de discursos huecos y un padrón de candidatos que se parecen demasiado a lo que dicen combatir.
¿Hacia dónde apuntan sus intereses? Definitivamente no a los barrios ni a las comisarías, donde nadie los ve ni los escucha. Su mira está puesta en la clase media urbana, en el universitario que quiere creer que existe una tercera vía, en el emprendedor que confunde marketing digital con proyecto político. Les seduce el discurso de “innovación” y “ciudadanía”, pero en los hechos solo han logrado construir puentes con los mismos grupos empresariales que desde siempre sostienen al poder local.
Los colegionarios de este experimento naranja son un mosaico: ex panistas desencantados, priistas sin cabida, jóvenes de Twitter que juegan a ser políticos en reels de Instagram. Todos unidos por el hambre de reflectores, no por una convicción real de transformar Mérida.
Y en este teatro de los espejismos, la figura que realmente pesa es la de Ivonne Ortega Pacheco. La exgobernadora priista, que conoce como pocos los hilos del poder en Yucatán, se ha convertido en la gran operadora en la sombra. Su papel no es menor: fue ella quien dio oxígeno a una estructura moribunda, prestando oficio político y capital de relaciones a un partido que apenas sobrevivía con las migajas del registro. Ortega convirtió a MC en Mérida en un refugio de desplazados, en un albergue de priistas cansados y panistas resentidos. Convirtió al “movimiento ciudadano” en un movimiento de reciclaje.

La paradoja es cruel: un partido que presume modernidad y juventud, pero que en realidad se sostiene en la experiencia calculadora de una política formada en el más duro PRI de los noventa. Ortega no se asoma en TikTok ni juega al influencer, pero detrás de cámaras define candidaturas, pacta con empresarios y amarra alianzas que visten de naranja lo que en el fondo sigue oliendo a tricolor.
En Mérida, su influencia se nota en la falta de figuras propias: cada rostro que se asoma por MC lleva la marca de la vieja política. El partido naranja se ha vuelto, con Ivonne en el tablero, un instrumento funcional: dividir, negociar, incomodar… pero nunca realmente disputar.
La tragedia, y al mismo tiempo la condena, es que Movimiento Ciudadano vive de espejismos: el de Samuel García con su comedia millennial, el de Alfaro con su pose de independiente, el de Colosio hijo con el apellido que nunca será suyo. Y mientras tanto, en Mérida, la estructura es débil, el territorio inexistente y el riesgo evidente: convertirse en simple comparsa que divida el voto opositor para mantener al PAN en el trono municipal.
En conclusión, Movimiento Ciudadano en Mérida no es un movimiento ni es ciudadano. Es apenas un eco naranja sostenido en la sombra de Ivonne Ortega, en una ciudad que ya aprendió a distinguir la pintura fresca del concreto firme.
