El Centenario y una pregunta incómoda sobre su función
La muerte de dos venados y cuatro borregos tras el ingreso de una jauría al área de resguardo del Zoológico del Centenario abrió una discusión que va mucho más allá de los perros callejeros.
Un zoológico moderno existe bajo una premisa muy simple: ofrecer protección, bienestar y conservación a los animales que viven bajo su custodia. Esa es la base de su legitimidad ante la sociedad. No basta con exhibir especies; la responsabilidad principal consiste en garantizar condiciones adecuadas para su resguardo y seguridad.
Por eso el episodio resulta especialmente delicado. Los animales @t@c@dos no estaban expuestos a los riesgos de la vida silvestre. No se encontraban en libertad. Estaban dentro de una instalación administrada por el Ayuntamiento, en espacios diseñados precisamente para protegerlos.
La situación adquiere todavía más relevancia porque ocurre después de una serie de incidentes que ya habían colocado al Centenario bajo observación pública. Los descarrilamientos del trenecito pusieron sobre la mesa preguntas sobre mantenimiento y supervisión. Ahora la conversación alcanza directamente la capacidad del parque para cumplir una de sus funciones esenciales.
La imagen que queda es difícil de ignorar: animales ultimados dentro del lugar donde debían encontrarse más resguardados.
Ante eso, surge una duda inevitable: si la protección de la fauna es una de las razones fundamentales de existencia del zoológico, ¿qué tan lejos se encuentra hoy el Centenario de cumplir plenamente con esa misión?


